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La sirena del mar

Hay cuerpos que no pertenecen a una edad, sino a un lugar.
El mar es uno de ellos.

Dicen que aparece a distintas horas y de formas distintas. A veces joven, casi transparente. Otras, más pesada, como si el tiempo hubiera decidido quedarse en la piel. Nadie se pone de acuerdo en lo que vio, pero todos coinciden en una cosa: no era exactamente una mujer.

Algunos creen que el mar la inventa para recordarnos lo que fuimos. Otros, que es al revés: que es ella quien entra en el agua para desaparecer cuando ya no necesita ser mirada. No hay moraleja, ni advertencia, ni explicación final. Solo un paseo, una entrada, una salida… y después, el mar solo.

Este vídeo no trata de seducción, ni de belleza, ni de edad.
Trata de presencia.
De lo que aparece, se ofrece un instante…
y no vuelve a hacerlo igual.

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El incendio

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No era una huida.
Era una salida.

El fuego no llegó de golpe. Llegó como llegan las decisiones que no se anuncian:
primero calor,
luego ruido,
después ya no hubo vuelta atrás.

Los cuerpos no corren porque tengan miedo.
Corren porque aún pesan.
Porque todavía están aquí.

La casa arde como arden las cosas que ya cumplieron su función.
No hay nostalgia en las llamas, solo consumo.
Madera, tela, recuerdos: todo suena igual cuando se quema.

Nadie grita ayuda.
Nadie mira atrás más de una vez.
El fuego no persigue, desaloja.

Las ventanas iluminan la noche como ojos abiertos demasiado tarde.
Dentro queda lo que fue cómodo.
Fuera, lo que todavía respira.

No hay belleza en el incendio,
pero hay verdad:
la de los cuerpos cuando dejan de representar algo
y solo se mueven.

El humo sube.
El calor empuja.
Los pasos se desordenan.

Y entonces, por un instante breve —casi obsceno—
todo se simplifica:

avanzar
o quedarse.

El incendio no juzga.
No pregunta edad, forma, historia.
Solo separa lo que arde de lo que todavía camina.

Después, nada.
Ni moraleja, ni redención.

Solo la noche cerrándose
y el fuego haciendo su trabajo.

El cabello infinito

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Hay cosas que no obedecen al tiempo,
sino a otro tipo de lógica.

El pelo es una de ellas.

Dicen que empezó a crecer sin motivo claro.
No más rápido, no más lento.
Simplemente, no se detuvo.

A veces parece liviano, casi ajeno al cuerpo.
Otras, ocupa espacio, como si reclamara un lugar propio.
Nadie sabe si protege, si esconde o si señala algo.

No hay acuerdo sobre cuándo comenzó.
Ni sobre si debería haber terminado.
Pero todos coinciden en una sensación:
no responde a lo esperado.

Algunos piensan que es una anomalía.
Otros, que siempre estuvo ahí y nadie lo había mirado así.
Tal vez no crece por exceso,
sino por falta de límite.

No hay mensaje.
Ni causa visible.
Ni explicación suficiente.

Solo algo que avanza.
Que permanece.
Que cambia la forma de estar sin decir por qué.

Y después, el pelo.
Nada más.

La sombra

Hay cuerpos que llegan antes que la persona.
Otros llegan después.
A veces lo primero que vemos no es la piel, sino la sombra:
esa copia silenciosa que recuerda lo que somos cuando no hablamos.

La sombra no pide permiso.
No seduce.
No protege.
Solo señala.

Se pega al muro, como si necesitara un fondo para existir.
Y mientras tanto, el cuerpo avanza, se mueve, respira,
como si no quisiera hacerse cargo de lo que arrastra detrás.

No hay mensaje.
No hay interpretación obligatoria.
Solo la evidencia de que todo lo que vivimos tiene doble:
el gesto y su eco,
la luz y su resto,
la carne y su forma.

La sombra nunca miente.
El cuerpo tampoco.
Lo que miente es la mirada que intenta explicarlos.

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No era una huida.
Era una salida.

El fuego no llegó de golpe. Llegó como llegan las decisiones que no se anuncian:
primero calor,
luego ruido,
después ya no hubo vuelta atrás.

Los cuerpos no corren porque tengan miedo.
Corren porque aún pesan.
Porque todavía están aquí.

La casa arde como arden las cosas que ya cumplieron su función.
No hay nostalgia en las llamas, solo consumo.
Madera, tela, recuerdos: todo suena igual cuando se quema.

Nadie grita ayuda.
Nadie mira atrás más de una vez.
El fuego no persigue, desaloja.

Las ventanas iluminan la noche como ojos abiertos demasiado tarde.
Dentro queda lo que fue cómodo.
Fuera, lo que todavía respira.

No hay belleza en el incendio,
pero hay verdad:
la de los cuerpos cuando dejan de representar algo
y solo se mueven.

El humo sube.
El calor empuja.
Los pasos se desordenan.

Y entonces, por un instante breve —casi obsceno—
todo se simplifica:

avanzar
o quedarse.

El incendio no juzga.
No pregunta edad, forma, historia.
Solo separa lo que arde de lo que todavía camina.

Después, nada.
Ni moraleja, ni redención.

Solo la noche cerrándose
y el fuego haciendo su trabajo.

La metamorfosis

No todas las transformaciones son hermosas, pero todas son verdaderas. A veces el cuerpo decide antes que la mente: se estira, se curva, se enrosca, se arrastra. Brota escama, pluma, pellejo o lodo. Da igual. La piel no pregunta por el sentido; solo obedece a la fuerza que la empuja a cambiar. Ser animal no es retroceder, es recordar de dónde venimos: de la saliva, de la sangre, del ruido bajo la tierra. Hay cuerpos que se hacen serpiente para ganar sigilo. Otros eligen colmillo y mugre para ganar placer. Otros abren alas porque ya no encuentran techo que los contenga. Al final, toda metamorfosis es un ajuste entre lo que mostramos y lo que somos. Y lo que asusta no es el monstruo, sino lo que reconoce el que mira.

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La diosa del templo

El cuerpo fue primero.
Antes que el nombre, antes que el pudor, antes incluso que el miedo.
Ha sido altar, mercancía, herramienta y destino.
Ha servido para engendrar, para seducir, para dominar, para huir.
Y sin embargo, lo único que conserva es su verdad:
que no puede engañar.

La piel no miente.
La edad no miente.
El deseo no miente.
El tiempo tampoco.

Aquí no se celebra nada.
Solo se muestra.
Y quien mira decide qué ve.

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Este sitio contiene desnudos artísticos creados con IA.

Recomendado para mayores de 18 años.

El contenido está orientado a la estética y la composición, con un enfoque no explícito.

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